AQUELLOS INOLVIDABLES MAESTROS DE LA ESCUELA NORMAL DE
PAMPLONA
Hoy quiero a través de este escrito rendir
homenaje a todos esos maestros, que aún viven en mi memoria, que fueron loables
pilares de nuestra formación en la Escuela Normal Nacional Para Varones de
Pamplona.
Y para el efecto “rebobino el cassette” de mis primeros pasos y bocados de
conocimiento recibidos allí, meses después de haber presentado exámenes para
las famosas becas que el estado otorgaba
por aquel entonces.
Recuerdo, como ese lunes de febrero de 1972,
tímido, miedoso y perplejo, volví a pisar los prados de la amada Normal, muy
temprano llegué con mi padre luego de un “largo”
viaje desde mi pueblo, pues era el feliz ganador de una beca para estudiar en
tan importante institución.
Luego del papeleo de rigor, el señor rector
de aquel entonces, Rubén Darío Hernández, toledano como yo por fortuna, llamó a
uno de los tantos ayudantes de esa época para que me ubicara dormitorio y muebles,
pues llegaba para quedarme en el internado.
El amable trabajador, Pedro Botía, cumplió a
cabalidad su misión, indicando a mi padre y al bisoño maestro en potencia por supuesto algunas de las
cosas a seguir, consejos desde luego, para esta nueva vida de estudiante en el
famoso claustro.
Una vez instalado me indicó cual era el salón
de clase – 1º A - , ahí cerca al hall de la tienda escolar que atendía Morato y
junto a la sala de profesores de esos años.
Tuve la fortuna de llegar a un curso donde
había otra buena cantidad de toledanos como Omar Medina, Edgar Castiblanco,
Pedro Basto y Daniel Medina y uno que otro conocido de Pamplona, además quien
estaba dictando clase en ese momento no era otro que el titular , el insigne
profesor de español, Elio Buitrago.
Muy amable me recibió y presentó, luego como
no había pupitre para mi, cedió con toda amabilidad el suyo mientras se buscaba
en los talleres u otro salón el que iría a utilizar en los siguientes días y
meses.
A partir de ese instante y durante seis
hermosos años, con centenares de mañanas arropadas por la niebla y un número
similar de tardes soleadas al abrigo de
pinos o eucaliptos o largos anocheceres preparando clases y elaborando material
didáctico, con paciencia, orgullo y férrea disciplina (en eso Yañez tuvo mucho que ver) adecuados valores y bien
esculpidos principios, caminamos en busca de ese ideal hacia las cumbres para
obtener honrosamente el título de Maestro – Bachiller.
Que le digan a uno MAESTRO a tan temprana
edad, es emotivo y conmovedor, no solo por lo que implica, también por la
responsabilidad que a partir de allí se genera y nosotros, los graduandos de
aquel 1977, fuimos los primeros en ostentar en el “cartón” esa dignidad.
Las clases del profesor Elio (QEPD) siempre
fueron provechosas para hablar, escribir y entender nuestro idioma, así
insistiera en los análisis del famoso cuento El Desagüe o nos demostrara hasta
la saciedad porque Nolo y Demetria, no solo eran amantes, sino también sujeto,
predicado y mucho más en la Aldea Perdida, al igual que Laban y Lía, personajes
del pasaje bíblico convertidos en poema.
Igual de provechosas fueron las clases de inglés con la
profesora Hulda, gracias a ella balbuceamos las primeras palabras en
el idioma de Shakespeare y que tiempo después fueron moldeadas por César
Castellanos .
Con la profesora Clara nos adentramos
literalmente en el teatro de operaciones de la prehistoria e historia más
reciente y con Roncancio viajamos por igual a esos escenarios que han plasmado
hechos y encumbrado personajes a través de los siglos, para saber en verdad de
donde venimos y quizá para donde vamos.
Con Barajas aprendimos por lo menos a tomar
un azadón y arreglar un pedazo de tierra para sembrar esperanzas y recoger
cosechas de buenos conocimientos y bondadosos sentimientos.
Hacer ejercicio, conocer alguna técnica o
aplicar la debida estrategia, fueron las ideas empleadas por Juan Luis
Granados, Benito Contreras, el profe Roa, aunque fugaz, lo mismo que Amilkar
Rubio o “EL loco” Araque”.
Los pinceles o los prismacolor, el papel
maché o los retablos, como también algún trabajo en pergamino o un mimeógrafo
artesanal hecho con cola pez y glicerina, fueron los conocimientos relajantes
en esas inolvidables clases de artes o trabajos manuales con la profesora Alba,
María Teresa o los profesores Duarte y
Emilio.
De la vida, su composición, las conjeturas y
todo eso que implica investigación y experimento, aprendimos lo suficiente con Victor “Corchito” Portilla, Durán, Gabriel
Santafé, Miller Rubio y Lill Aranguren, los entusiastas conocedores de la
biología y la química.
Otros estupendos forjadores de conocimiento
nos dieron las bases firmes para hacer buenos cálculos, perfectas operaciones y
exactos resultados, aplicando formulas desde una sencilla regla de tres hasta
la más confusa ecuación del gordo libro de Baldor. Fueron sus artífices durante
casi todo ese tiempo Enrique Yáñez y Carlitos Villamizar, cuyo particular
estilo sin duda fue tan agradable, como la historia novelada de José del
Carmen.
Con el profesor Luis Antonio Gáfaro hicimos las
primeras caminatas hacia el pensamiento, sus causas y hasta respuestas para ir
respondiendo tantos interrogantes de la vida y el hombre y con Rufino Sandoval fuimos afinando
el estilo que debíamos aplicar en las aulas una vez tuviéramos también la
misión de enseñar o moldear inteligencias.
Hernán Mogollón nos hizo saber que con la
geografía podíamos viajar a lugares inexpugnables sin movernos de la silla y
Horacio Ortega nos mostró un mundo con sonidos nuevos, Gabriel Suárez nos
enseñó que en los libros está buena parte de la esencia del saber, J.J. Pinto con su
inseparable chaqueta color azul claro y su desgarbada figura, nos llevó a lo
básico de los vericuetos del alma y la mente.
Y los Rectores, siempre tuvieron algo
aportar, Rubén Darío, con su aspecto bonachón y a pesar de los inconvenientes
creados durante su administración, siempre fue un buen orientador, Roberto Castañeda,
su sucesor y su espíritu alegre, marcaron también una época en la Escuela
Normal, lo mismo que Baudilio Calderón, otro estilo y otro cuento a la hora de
proyectar la institución, la misma que posteriormente con Oscar Mogollón
reivindicó su nombre y grandeza.
Lástima que Oscar se haya ido antes de
tiempo, sin el reconocimiento adecuado de su aporte a la educación con su Escuela Nueva, honores
que otros, aún hoy en día, proclaman como suyos sin siquiera nombrar al
acreditado pamplonés.
Los profesores Rodolfo Contreras, Hernando
Solano, Las Fanny, Pedro Luis, Olmedo Lòpez, Rubén Darío, Carlos Parada (“repetición de la repetidera”), Carlina, Rozolino Pacheco, Navarro,
Peñaloza, Orduz, doña Rosa Delia Mora la rigurosa Directora de la Anexa, los sacerdotes
Capellanes, en fin, todos esos estupendos seres que nos brindaron su sabiduría
y nos enseñaron también a compartirla desde cuando fuimos practicantes con flus
de Valher y corbata en la Enita, el liceo García Rovira, la Anexa o la
Unitaria, son a los que quiero, pero me disculpan de verdad, después
de tanto tiempo darles las gracias con sinceridad.
Se que por ahí se quedan algunos nombres,
importantes desde luego, ustedes sabrán perdonar, pero es imposible recordarlos
a todos, entenderán que cuando nosotros también estamos próximos a la edad
de jubilación, como lo dice García Márquez, “en el espejo roto de la memoria es difícil recomponer tantas astillas
dispersas.”
Pero al menos lo estamos intentando.
Y que sea esta la oportunidad de
ofrecer un saludo distinto en el día del maestro y que me atrevo a entregarlo, 40 años después, en nombre de toda la
Promoción -77, para quienes también va mi renovado y fraterno saludo en su gran
día.
Afectuosamente,
CIRO ALFONSO CANO MORA
Este es un sencillo video de una rápida visita que hice al claustro por allá en el año 2004. No son óptimas las tomas, pero si tienen un gran valor pleno de nostalgia. Entre con un click en el ícono y disfrútelo.
Este es un sencillo video de una rápida visita que hice al claustro por allá en el año 2004. No son óptimas las tomas, pero si tienen un gran valor pleno de nostalgia. Entre con un click en el ícono y disfrútelo.
Mis respetos Ciro Alfonso, por esa pluma magistral que describe con una memoria fantástica los gratos hechos desde cuando nuestra niñez se convirtió en una pubertad y juventud inolvidables. Muchas gracias.
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