sábado, 10 de septiembre de 2011

NORMALISTAS “A LAS CUMBRES” (I)

CRONICA DE UNA VISITA A LOS PREDIOS DE LA VIEJA Y AMADA ESCUELA NORMAL SUPERIOR PARA VARONES EN PAMPLONA (*)

Un día, no hace mucho, logré tener un par de horas en los agitados instantes que el periodismo prodiga, para ir en busca de la “amada Escuela Normal Superior de Pamplona”.

Quise hacer el recorrido a pié, como antaño, desde la plazuela Almeyda, claro necesitaba además algunas fotos  de los lugares y hacer tomas en vídeo, pero la sensación de retorno fue sinigual y pronto me reencontré con viejos recuerdos.

El coliseo, hoy un tanto desvencijado, el batallón, sus puertas tipo muralla, los bosques poblados de musgos, las casas de “Corchito”, los Zapata, los Ferrer, el muro ahora más alto de la cárcel, el lugar donde funcionó el taller de herrería que inspiró a Triunfo, o sea, el de Rosalino su papá y por supuesto la infaltable Colmena o La Colmena.

Ah, tiempos aquellos cuando jugábamos cual tahúres largas partidas de billar o pool, en ese cuarto semioscuro al lado de la tienda, apretujados entre las anchas mesas de vestido verde, tacos sobre usados y cubos de tiza azul delatora, todo allí donde don Pablo, quien siempre contó con clientes predilectos, los estudiantes de la Normal.

Algunas veces en tiempo libre, otras escabullidos, lejos de la férrea disciplina de Yáñez o la mirada inquisidora de otros profes y padres de familia, jugamos partidas inimaginables, pasamos chorizos enteros de buenas y de malas o de carambolas eternas y los fuimos enhebrando con los recuerdos que ahora se agolpan en la bruma de la nostalgia.

La tienda y billares La Colmena nos ofrecía además una amplia gama gastronómica que incluía galletas, pan, génovas, gaseosa, masato y kumis. Preferíamos, bueno en mi caso, los apretados de cuca y queso.

Algunas veces, los más grandes granjeaban su alegría o apetito con una o dos cervecitas, de las mismas que fundíamos de vez en cuando en esas jarrotas plásticas con kola Hipinto y un buen guarapito, metros arriba, si un poco más arriba, allá en Puente Ospina.

El tiempo, como si fuera una cinta inagotable, nos lo cronometraban don Pablo y sus hijas en esos tableritos negros adosados a la pared y escritos con tiza blanca.

Una. dos, tres partidas, luego todos felices y a buscar entre los bolsillos las esquivas monedas o los huidizos billetes, se hacía la vaca, se pagaba todo y creo que casi nunca se jugaba o se comía al fiao.

La Colmena sigue ahí, intacta como en la memoria, aunque con otras caras, diferente color en sus paredes y un aviso más moderno, pero modesto, igual que aquel de entonces, labrado sobre el latón con la publicidad de Coca Cola.

Sin embargo el tiempo apremiaba, otro día me regodearé con los apretados que seguro aún siguen vendiendo, no se si los nietas o bisnietos de Don Pablo, jugaré un chico y hasta de pronto deleitaré la nostalgia con una amarga, pero de botella, sabe mejor que la enlatada.

Seguí la marcha, más arriba estaba la casa de Gáfaro, la del Coronel, la del ingeniero Lizarazo del MOP, si el papà de la flaca, la que se levantó Roberto Antonio, el de Cucutilla.

También ahí no más surgieron las primeras paredes de la Normal y sus casas fiscales, donde vivieron Mogollón, Suárez, Martín el conductor, Pedro Botía y en la portería don Antonio, el enfermero, hoy hogar del fondo de profesores. Allí comprábamos gaseosa bien helada y vikingos, los abuelitos del Bon Ice.

La gran verja de metal aún resiste el paso del tiempo y los golpes del destino, como la pequeña avalancha del viernes santo del 2011, que se entró a las casas mencionadas y asustó a buena parte de los pamploneses.

Es mediodía, oleadas de estudiantes uniformados caminan rumbo a casa, van alegres, en grupos, hablan, rien, posan para las cámaras, pasan el pequeño puente, gritan algo, cuchichean otro tanto.

Retumban los motores de los autobuses, ya no está la dictadura de Martín, ni el buena papa de “Chancleto”, pero Oh My God, ahí viene el más viejito, aquel de los años 40, el que un día sacamos de un olvidado garaje para repararlo, pintarlo y ponerlo de nuevo de andar, aún a pesar de los malos recuerdos, es el mismo que un trágico accidente marcó luto para la comunidad normalista en otros años.

Pero había que ponerlo a andar, para el efecto se organizó un gran bazar, con lo cual  se logró el capital necesario y aún camina, que hermoso, que recuerdo maravilloso, con su color verde escolar pasa orgulloso no sin antes su actual piloto hacerlo frenar brevemente, como para que las fotos y el video salgan mejor.

Nos detenemos en el sitio algunos momentos, hacemos tomas de los riachuelos, hoy están sosegados, esperemos que con el invierno que anuncian no desaten otra vez su furia, por eso oramos ante la Virgen del Prodigio, la santa cuidandera de la Normal y sus muchachos.

Y es que la virgencita junto a su muralla de rocas también es leyenda, según cuentan los que vivieron la avalancha de 1963, fue el único lugar respetado por los millones de toneladas de agua, piedra, lodo, palos y demás elementos  que la corriente de la quebrada Cariongo  arrastró y devorando la Normal y todo a su paso, pero ella se salvó y eso fue un prodigio, de ahí su nombre y la veneración.

Siguen pasando estudiantes, profesores, otras personas, pero no hay caras conocidas.

Apuro los pasos, cuadro la cámara, tomo más fotografías, grabo más video, me regodeo con el verde de los bosquecitos, los jardines, el amplio tapete del campo del futbol, lástima ya no tiene los enormes pinos del costado, fueron segados o murieron de pié altivos y orgullosos guardando en su follaje algún secreto o vivencia indiscreta.

Más arriba el breve sendero para entrar al primer gran pabellón de salones, hoy es un pequeño túnel de olorosos pinos, al lado el viejo estanque de las truchas, ahora relleno de piedra y tierra, convertido en vil parqueadero, Santander fue corrido a la carretera, donde estaban los monumentales eucaliptos, por donde daba vuelta el HI cuando descargaba estudiantes.

Esos también fueron cortados y reemplazados por el busto del prócer y unas jardineras con clásico diseño de albañil improvisado.

Al frente el gran patio de formación, de las izadas, ahora luce oscuro, tiene una gran cubierta, pero a decir verdad le quitó el encanto, aunque sea necesario para proteger a los alumnos de la lluvia constante o el sol acosador de algún verano. Pero en verdad perdió el embrujo y le hace una zancadilla a los recuerdos.

Unas enormes letras le cuentan al desprevenido visitante en donde están o le indican a sus habitantes actuales que esa es la casa del conocimiento de donde han salido algunos de los mejores maestros de Colombia.

A un costado, cerca a la entrada del famoso hall, donde un día estuvo la sala de profesores y la tienda escolar instalaron una tonta malla metálica, probablemente para proteger las otras tontas placas que obsequiamos en diferentes aniversarios.

Pero vale el detalle, es la evocación de sus orgullosos hijos, de los muchos que no olvidamos el viejo colegio.

Luego subo las graditas hasta la rectoría, todo sigue igual hasta el olor y las sombras, se ve que en el patio de la zona administrativa también hay manos amigas, los jardines, los mosaicos de las promociones en las paredes, como que si tienen doliente.

Pero no hay nadie, solo el fantasma de lindos momentos, caras que pasan por el visor de la memoria, Doña Elda Leonor, la señorita bibliotecaria, Carlos el pagador, rectores como Ruben Darío, Castañeda “El coyote”, Baudilio, Oscar Mogollón, el padre Carrillo.

Hago un breve recorrido, el cambio se ve en algunas barandillas puestas en los corredores, de resto todo sigue igual o al menos parecido a esos años 70’s cuando tímidos llegamos en busca del saber.

Eran tiempos aún de cabellos largos, pantalones de terlenka, zapatos de plataforma, camisas de largos cuellos y mucho color, pero también de sobrios trajes Valher para la práctica docente.

Ahora al observar esas pequeñas moles de madera y fotos de muchas promociones de maestros, vuelve al redil la imagen y la enseñanza de tantos y buenos profes, como el primer titular, Don Elio Buitrago y sus estupendas clases de español y el infaltable cuento “El desague”, los primeros intentos con el inglés de doña Hilda, la historia con esas maravillosas historias contadas por Roncancio, las temibles horas de aritmética y geometría con Yáñez o las de solaz esparcimiento con Juan Luis Granados en educación física.

El recuerdo hace viaje a través de las clases de agrícolas con Barajas, las de ebanistería con Duarte, biología con “Corchito” Portilla y sus característicos esquemitas, los foros de comienzo de semana con Gabriel Suárez para analizar las lecturas del Tiempo y el Espectador o las atropelladas horas pero a la vez entretenidas con “El loco” Araque.

El paso de los años, apenas lógico, nos entregó por aquel entonces otra larga lista de educadores que hoy llegan a nuestra memoria con mucho cariño, Doña Clara, la morena especialista en sociales, Rufino y sus fundamentos, Pinto y su psicología, Gáfaro con su filosofía, Mogollón con su geografía o Carlitos con su física y matemáticas.

Sin duda a todos los recuerdo, pero sería largo enumerarlos y no quiero cansarlos con su lectura, pues hay muchas y distintas vivencias para contar del internado, el paro de alumnos, la práctica en la Anexa, el García Rovira, La Enita, La Unitaria, los entierros con banda, las elegantes izadas de bandera, en fin, lo cual espero poder compartir con todos mis amigos, compañeros y normalistas a través de este medio o del papel más amigo de lo anaqueles.

Sigo mi breve travesía por los predios del viejo colegio, voy de nuevo al patio de formación, veo al frente, donde quedaba un bosquecito de pinos una nueva construcción con nombre de cafetería “A las cumbres”, bueno Morato estaría orgulloso de haber atendido allí.

Un poco más allá, presuntuoso e imponente el viejo teatro multifuncional, pues también sirvió de comedor, se nota algo de buen mantenimiento, por fortuna.

Los otros jardines, las jaulas de los pájaros y micos ¿Se acuerdan de Pipo?, es obvio ya no están.

Veo las canchas que con nuestro esfuerzo ayudamos a construír, la una frente al teatro y otra un poco más allá, la de micro. Permanecen casi igual, pero están desnudas, los enormes pinos que bordeaban las veredas sucumbieron a la motosierra. Que vainas.

De pronto a los lejos en la soledad del mediodía aparece la figura de una señora, nos mira un tanto extraño, luego se acerca y con una sonrisa dibujada en su rostro y mirada brillante, dice “si, yo sabía que usted era normalista, lo sabía, lo sabía”

Eso me halaga, por fin un rostro conocido, echo reversa al cassette, hablamos de cosas triviales y busco la manera de recordar su nombre. Imposible, por lo tanto toca preguntarle y me dice que es Blanca, ahh, claro y comenzamos una nostálgica conversación.

Me dice que ahora es la esposa de Martín, que tiene dos hijos, que ya está a punto de jubilarse, que son casi 40 años sirviendo a la comunidad educativa de la Normal.

De los trabajadores señala que aún viven Alirio, Germán, que algunos como Don Anibal y la Tía Victoria hace rato se marcharon de este mundo, como también doña Carmen, Alfonso el conductor y muchos otros que también fueron eslabones importantes en el funcionamiento de la institución.

De los profes me cuenta que el último de aquella cochada, era Emilio, el de artes, pero también hace poco se fue, todos gracias a Dios, los que aún viven, están pensionados.

Y como no, si ya nosotros, lo digo por mi promoción la del 77, también vamos por ese camino, ya sea como docentes o en otras hermosas profesiones.

Bueno ahora el tiempo apremia, apresuramos las fotografías y más tomas en vídeo, hay una cita a las dos de la tarde y debo cumplirla y por eso me prometo hacer lo posible por volver, faltó mucho por ver, para narrar y compartir.

Lo único cierto es que al respirar de nuevo ese aire, lleno de suaves aromas a bosque de eucalipto y pino, en medio del silencio interrumpido por algún trino de pajarillo o repique de celular, esos tiempos inolvidables vuelven, los momentos fluyen y dibujan imágenes de colores, es la nostalgia que se acomoda en el mullido sillón del presente.

El tibio sol se va alejando suavemente, una pertinaz llovizna, de esa que baja fría y altanera desde el cerro de las antenas, nos hace apresurar el paso, traspasamos el enorme portón metálico y suspiramos una vez más al dejar atrás los predios de la vieja pero muy amada Escuela Normal.


(*) Desde hace varios años la Normal Superior es mixta.

CIRO ALFONSO CANO MORA
Septiembre de 2011