sábado, 12 de mayo de 2012

NORMALISTAS " A LAS CUMBRES" - IV

AQUELLOS INOLVIDABLES MAESTROS DE LA ESCUELA NORMAL DE PAMPLONA

Hoy quiero a través de este escrito rendir homenaje a todos esos maestros, que aún viven en mi memoria, que fueron loables pilares de nuestra formación en la Escuela Normal Nacional Para Varones de Pamplona.

Y para el efecto “rebobino el cassette” de mis primeros pasos y bocados de conocimiento recibidos allí, meses después de haber presentado exámenes para las famosas becas  que el estado otorgaba por aquel entonces.

Recuerdo, como ese lunes de febrero de 1972, tímido, miedoso y perplejo, volví a pisar los prados de la amada Normal, muy temprano llegué con mi padre luego de un “largo” viaje desde mi pueblo, pues era el feliz ganador de una beca para estudiar en tan importante institución.

Luego del papeleo de rigor, el señor rector de aquel entonces, Rubén Darío Hernández, toledano como yo por fortuna, llamó a uno de los tantos ayudantes de esa época para que me ubicara dormitorio y muebles, pues llegaba para quedarme en el internado.

El amable trabajador, Pedro Botía, cumplió a cabalidad su misión, indicando a mi padre y al bisoño maestro en potencia por supuesto algunas de las cosas a seguir, consejos desde luego, para esta nueva vida de estudiante en el famoso claustro.

Una vez instalado me indicó cual era el salón de clase – 1º A - , ahí cerca al hall de la tienda escolar que atendía Morato y junto a la sala de profesores de esos años.

Tuve la fortuna de llegar a un curso donde había otra buena cantidad de toledanos como Omar Medina, Edgar Castiblanco, Pedro Basto y Daniel Medina y uno que otro conocido de Pamplona, además quien estaba dictando clase en ese momento no era otro que el titular , el insigne profesor de español, Elio Buitrago.

Muy amable me recibió y presentó, luego como no había pupitre para mi, cedió con toda amabilidad el suyo mientras se buscaba en los talleres u otro salón el que iría a utilizar en los siguientes días y meses.

A partir de ese instante y durante seis hermosos años, con centenares de mañanas arropadas por la niebla y un número similar de  tardes soleadas al abrigo de pinos o eucaliptos o largos anocheceres preparando clases y elaborando material didáctico, con paciencia, orgullo y férrea disciplina (en eso Yañez tuvo mucho que ver) adecuados valores y bien esculpidos principios, caminamos en busca de ese ideal hacia las cumbres para obtener honrosamente el título de Maestro – Bachiller.

Que le digan a uno MAESTRO a tan temprana edad, es emotivo y conmovedor, no solo por lo que implica, también por la responsabilidad que a partir de allí se genera y nosotros, los graduandos de aquel 1977, fuimos los primeros en ostentar en el “cartón” esa dignidad.

Las clases del profesor Elio (QEPD) siempre fueron provechosas para hablar, escribir y entender nuestro idioma, así insistiera en los análisis del famoso cuento El Desagüe o nos demostrara hasta la saciedad porque Nolo y Demetria, no solo eran amantes, sino también sujeto, predicado y mucho más en la Aldea Perdida, al igual que Laban y Lía, personajes del pasaje bíblico convertidos en poema.

Igual de provechosas fueron las clases de inglés con la profesora Hulda, gracias a ella balbuceamos las primeras palabras en el idioma de Shakespeare y que tiempo después fueron moldeadas por César Castellanos .

Con la profesora Clara nos adentramos literalmente en el teatro de operaciones de la prehistoria e historia más reciente y con Roncancio viajamos por igual a esos escenarios que han plasmado hechos y encumbrado personajes a través de los siglos, para saber en verdad de donde venimos y quizá para donde vamos.

Con Barajas aprendimos por lo menos a tomar un azadón y arreglar un pedazo de tierra para sembrar esperanzas y recoger cosechas de buenos conocimientos y bondadosos sentimientos.

Hacer ejercicio, conocer alguna técnica o aplicar la debida estrategia, fueron las ideas empleadas por Juan Luis Granados, Benito Contreras, el profe Roa, aunque fugaz, lo mismo que Amilkar Rubio o “EL loco” Araque”.

Los pinceles o los prismacolor, el papel maché o los retablos, como también algún trabajo en pergamino o un mimeógrafo artesanal hecho con cola pez y glicerina, fueron los conocimientos relajantes en esas inolvidables clases de artes o trabajos manuales con la profesora Alba, María Teresa  o los profesores Duarte y Emilio.

De la vida, su composición, las conjeturas y todo eso que implica investigación y experimento, aprendimos lo suficiente con Victor “Corchito” Portilla, Durán, Gabriel Santafé, Miller Rubio y Lill Aranguren, los entusiastas conocedores de la biología y la química.

Otros estupendos forjadores de conocimiento nos dieron las bases firmes para hacer buenos cálculos, perfectas operaciones y exactos resultados, aplicando formulas desde una sencilla regla de tres hasta la más confusa ecuación del gordo libro de Baldor. Fueron sus artífices durante casi todo ese tiempo Enrique Yáñez y Carlitos Villamizar, cuyo particular estilo sin duda fue tan agradable, como la historia novelada de José del Carmen.

Con el profesor Luis Antonio Gáfaro hicimos las primeras caminatas hacia el pensamiento, sus causas y hasta respuestas para ir respondiendo tantos interrogantes de la vida y el hombre y con Rufino Sandoval fuimos afinando el estilo que debíamos aplicar en las aulas una vez tuviéramos también la misión de enseñar o moldear inteligencias.

Hernán Mogollón nos hizo saber que con la geografía podíamos viajar a lugares inexpugnables sin movernos de la silla y Horacio Ortega nos mostró un mundo con sonidos nuevos, Gabriel Suárez nos enseñó que en los libros está buena parte de la esencia del saber, J.J. Pinto con su inseparable chaqueta color azul claro y su desgarbada figura, nos llevó a lo básico de los vericuetos del alma y la mente.


Y los Rectores, siempre tuvieron algo aportar, Rubén Darío, con su aspecto bonachón y a pesar de los inconvenientes creados durante su administración, siempre fue un buen orientador, Roberto Castañeda, su sucesor y su espíritu alegre, marcaron también una época en la Escuela Normal, lo mismo que Baudilio Calderón, otro estilo y otro cuento a la hora de proyectar la institución, la misma que posteriormente con Oscar Mogollón reivindicó su nombre y grandeza.

Lástima que Oscar se haya ido antes de tiempo, sin el reconocimiento adecuado de su aporte a la educación con su Escuela Nueva, honores que otros, aún hoy en día, proclaman como suyos sin siquiera nombrar al acreditado pamplonés.

Los profesores Rodolfo Contreras, Hernando Solano, Las Fanny, Pedro Luis, Olmedo Lòpez, Rubén Darío, Carlos Parada (“repetición de la repetidera”), Carlina, Rozolino Pacheco, Navarro, Peñaloza, Orduz, doña Rosa Delia Mora la rigurosa Directora de la Anexa, los sacerdotes Capellanes, en fin, todos esos estupendos seres que nos brindaron su sabiduría y nos enseñaron también a compartirla desde cuando fuimos practicantes con flus de Valher y corbata en la Enita, el liceo García Rovira, la Anexa o la Unitaria, son a los que quiero, pero me disculpan de verdad, después de tanto tiempo darles las gracias con sinceridad.

Se que por ahí se quedan algunos nombres, importantes desde luego, ustedes sabrán perdonar, pero es imposible recordarlos a todos, entenderán que cuando nosotros también estamos próximos a la edad de jubilación, como lo dice García Márquez, “en el espejo roto de la memoria es difícil recomponer tantas astillas dispersas.”

Pero al menos lo estamos intentando.

Y que sea esta la oportunidad de ofrecer un saludo distinto en el día del maestro y que me atrevo a entregarlo, 40 años después,  en nombre de toda la Promoción -77, para quienes también va mi renovado y fraterno saludo en su gran día.


Afectuosamente,
CIRO ALFONSO CANO MORA

Este es un sencillo video de una rápida visita que hice al claustro por allá en el año 2004. No son óptimas las tomas, pero si tienen un gran valor pleno de nostalgia. Entre con un click en el ícono y disfrútelo.


sábado, 31 de marzo de 2012

NORMALISTAS "A LAS CUMBRES" - III

JUEGOS INTERCLASES INOLVIDABLES

Por estos días en que mi buen amigo Javier Villamizar, compañero de la promoción 77 posteó una foto en la cual aparezco con Ramón Velaides, durante unos juegos interclases, apresuré los recuerdos para poder hacer esta sencilla crónica que hace parte de ese dossier inagotable de nuestra época en la escuela Normal Para Varones de Pamplona. Espero les guste y si desean,  aportar datos y fotos.

Uno de los más esperados eventos del año escolar, en nuestra amada Normal Para Varones de Pamplona, sin duda fueron los juegos interclases, al que mucho empeño en su organización  daban todos, desde el rector hasta Martin el conductor.

La organización, ya teniendo la fecha de inauguración, correspondía a cada curso con su titular para elegir la camiseta a lucir, la madrina, el edecán, el heraldo y desde luego los equipos para los deportes a participar según la categoría.

Fútbol, baloncesto, volleyball y microfútbol, siempre fueron los deportes predilectos y las categorías cuatro; infantil, junior, juvenil y mayores, como para que todos pudieran participar.

Obviamente se tenía tribunal para los “efectos legales” de la justa, encargado de coordinar los árbitros, llenar las planillas y rendir cuentas en cada final, que casi siempre se evaporaba con el correr de los días y muchos de los campeonatos no concluían como debía ser.

“Recuerdo como muchas veces Yañez, en formación de comunidad en el patio principal, daba consejos, órdenes y hasta asustaba con las medidas a adoptar, sobre todo cuando algún equipo perdía algún encuentro y no conforme con el resultado demandaba, normalmente porque este o aquel, estaban pasados de edad y no debían estar en esa categoría.”

Pues bien, luego de tener todo a punto, el entrenamiento era muy necesario y en las clases de educación física se afinaban los equipos  para la magna competición,  algunas veces en horarios extras, los más afiebrados deportistas se sacrificaban para mejorar su condición física o técnica.

Siempre se contó con buenos profes de esta materia como Juan Luis Granados, Benito Contreras, Gustavo Roa y otros maestros muy amigos del deporte como Elio Buitrago, Amilkar Rubio, “El loco” Araque, William Niño, que siempre fueron generosos a la hora de compartir “picaditos” con sus alumnos y buenos consejos como experimentados estrategas.

Pero como el certamen proyectaba una gran imagen de nuestra Normal, la gran gala inaugural, con desfile de la comunidad estudiantil, incluyendo hermosas madrinas, edecanes con maco bien planchado, abanderados de pabellón y heraldo muy pìlos y resto de curso altivo y marcial, la cosa tenía que prepararse con muchos días de anticipación.

Y en eso no se andaba con tacañerías de  tiempo, por lo que se “capaba” bastante clase, obviamente con la anuencia de profesores y directivos.

La banda marcial, en esos años reestructurada o mejor rescatada del olvido, daba un colorido especial al acto y por supuesto sus integrantes al mando de Zapata o del “mono”  Basto, ensayaban con mucho entusiasmo para los juegos.

Los ensayos se hacían por los amplios senderos del colegio con llegada al campo de futbol y la inauguración nos situaba en el centro de la ciudad para avanzar luego en orgullosa y marcial formación por la avenida Santander hasta llegar a los predios de la Escuela Normal.

“Debo decir para quienes no conocen los predios de esta institución, que sin duda y a pesar que le han quitado varias hectáreas en las últimas décadas, que su campus es uno de los mejores a lo largo y ancho del país, no hablo por las construcciones, inmejorables en sus primeros tiempos, mas si de las zonas verdes con bosquecillos, riachuelos, amplísimos prados, jardines, huertas, campos para el deporte y mucho más. ¿O alguien conoce predios mejores que esos que disfrutamos tantas generaciones de normalistas ?”

De esa manera, con rigurosidad, buena creatividad, mucho ensayo, altas dosis de paciencia y amor por la institución, siempre la inauguración de los juegos, convocaba a la comunidad pamplonesa que aplaudía el colorido desfile y se extasiaba al llegar la llama olímpica y con el juramento de los deportistas por una buena competición.

LOS INOLVIDABLES

“También debo contar o citar con toda justicia, que los mejores durante nuestra época, fueron los organizados durante la rectoría de Baudilio Calderón,  quien con su forma de ser y fogueado en distintos ambientes educativos del país, un día llegó a la Normal para reemplazar en el cargo a Roberto Castañeda, quien fue nombrado por el Ministerio de educación para corregir el camino de la institución luego del recordado paro estudiantil de 1973.

Obviamente la preparación de los mismos conllevó además de lo ya mencionado, la organización de un selecto grupo como Delegados, luciendo gallardete y traje completo junto a otro de abanderados con los pabellones de diferentes países.

Esto le dio un toque definitivo y diferente al desfile, que sorprendió a propios y extraños en el centro de Pamplona, lleno de venezolanos que por esa época llegaban en grandes cantidades a visitar a sus hijos estudiantes en otros colegios y desde luego hacer compras por el famoso ‘ta barato”

Además la llegada muy sincronizada al campo de futbol con “sus graderías naturales” abarrotadas, fue espectacular, todos los cursos formamos una especie de estrella, la cual ensayamos durante muchos días y hasta con marcación en el piso con latas de gaseosa para evitar equivocaciones.

En el centro del campo se dispuso de una bola gigante pintada con los colores verde y blanco de la Normal y dentro de ella un buen número de palomas,  al momento del juramento esta debìa abrirse y así  los animalitos saldrìan en raudo vuelo.

Claro que dentro del armazón de la misma tendría que estar alguien para accionar el mecanismo de apertura, pero quien fue elegido para tan honroso, oloroso y salpicado trabajo no le fue muy bien, por los aletazos de las estresadas aves y la marca indeleble expulsada por su organismo, no le quedaba otra opción que quedar como  la estatua de Santander, en el parque de su mismo nombre en el centro de Cúcuta.

Para esos juegos también se armó una delegación de brillantes deportistas, como es habitual en cualquier justa con ese perfil, pero lo interesante es que la  flama olímpica ese día muy temprano, dicen que en elegante ceremonia, se encendió  frente al Templo Histórico en Villa del Rosario, “Cuna de la República” y fue transportado por los elegidos, primero en la camioneta verde de la institución hasta el sitio El Naranjo (territorio de los Pedraza Gallo) y desde allí en lenta pero segura carrera hasta la Normal por el líder del grupo, el buen atleta Andres Bonilla “El Policia”, destacado corredor y ganador de varias pruebas de atletismo en aquellos tiempos.

Un poco retrasado en los horarios programados, el fuego olímpico al fin llegó, los deportistas juramos, la bola se abrió a medias y las palomas poco volaron, el que estaba dentro salió bastante untado, el público invitado gozó con el desfile y se dio inicio a las competiciones.

"Casi todo fue grabado en video y esa tarea fue encomendada a un alumno, cuyo nombre no recuerdo, pero que trabajaba en Foto Mara, nos dieron caramelo mucho tiempo con la película pero esta nunca apareció. Por eso si alguien sabe de la misma o del álbum fotográfico de aquel entonces, valdría la pena recuperar ese material, ahora que estamos en estos menesteres de recopilar nostalgia."

Como siempre, el programa de juegos se desarrolló con los normales contratiempos, muchos encuentros no se jugaron, otros tuvieron justos ganadores y hasta por ahí circularon menciones.

Lo cierto es que aunque no tuvieran epílogo feliz, los juegos interclases de la Normal marcaron época y en nuestras mentes quedaron grabados  como tantas otras vivencias, positivas desde todo punto de vista, las mismas que hoy compartimos con nuestros hijos y nietos o son punto de partida para largas conversaciones de quienes ahora somos “los cuchos”.

Pero bueno, al fin y al cabo, recordar es vivir.

domingo, 19 de febrero de 2012

NORMALISTAS "A LAS CUMBRES" - II

En este relato hago reminiscencia sobre un hecho ocurrido en 1976, donde nosotros alumnos del grado 5º de entonces, fuimos protagonistas para hacer cambiar buena parte del cuerpo de profesores de la importante institución.

De pronto hay nombres o hechos sobre los cuales no escribo,  pero sin duda a veces la memoria tiene sus vericuentos insondables, espero así lo entiendan.

Sin embargo es un acercamiento bastante ilustrativo de lo acontecido durante esos días que dieron un fuerte viraje al entramado de la escuela Normal Pamplonesa.
La Gran Promoción Normalistas - 77 / Maestros - Bachilleres

La Década de los años 70’s, sin duda marcó una nueva ruta a deseos, obsesiones, sueños, ambiciones, perspectivas, estudios, amarguras, desencantos, travesuras y hasta suspiros.

Algunas trazas del hipismo de los 60´s se veían con regularidad en ciudades y pueblos, de pronto porque esa moda había llegado un poco tarde o tal vez por la irreconciliable necesidad de desprenderse de la misma.

Por supuesto Pamplona no era la excepción y con tantas vertientes culturales asentadas en su pequeño valle, sin duda se conformaba una sicodélica portada de contrastantes matices.

A nivel de esparcimiento, este se mostraba extremadamente bajo, salvo las pequeñas caminatas y corrillos al comienzo de la noche en el parque o la plazuela, una película en el Jáuregui o el Cecilia cuando aún funcionaban o en el cine del padre Peinado, por casualidad.

Desde luego la universidad contaba con buen reconocimiento, así como los colegios públicos y privados, que entre otros asiduos residentes en sus internados, pues aún existían, se contaba con millares de venezolanos y venezolanas, algunas muy lindas en verdad y que estudiaban en Terciarias o Betlemitas…

Bueno pero ese es un tema para otras crónicas por lo suculento y maravilloso.

Por el momento seguimos centrados en el colegio de nuestros amores, donde aspiramos las últimas bocanadas de la adolescencia y recibimos con esmero los brotes de la juventud.

Claro, si lo escribo en este blog de A LAS CUMBRES, no puede ser otro u otra mejor, que la Normal Nacional Para Varones de Pamplona, así como se le llamaba en aquellos tiempos.

Al llegar a sus aulas en busca de deliciosos bocados de saber, por esos años reitero de los comienzos setenteros, nos encontramos con una pléyade de consagrados maestros, algunos de ellos,  íconos,  para la mía y generaciones posteriores.

Caben en esa lista Enrique Yañez, el eterno Prefecto de disciplina, Carlitos el duro de la física y las matemáticas, “Corchito” Portilla, el bonachón de bilogía y química, Roncancio, el grandulón y genial narrador de la geografía e historia en todas sus épocas, Elio Buitrago y Gabriel Suárez, los rigurosos del español y la literatura, Horacio Ortega, el de música con su bicicleta azul, Juan Luis Granados en educación física, Albita la de artes y tantos otros que en ese recorrido, por igual hicieron, su apropiado aporte en nuestra formación.

Y entre todos ellos, uno de temperamento díscolo, de caminar ligero casi arrastrando los pies, inclinado, como si estuviera observando cada ladrillo o madero del piso, con una eterna chaqueta de lana de ribetes negros y blancos, pero bacán al fin y al cabo, unos lo querían, otros no tanto, los demás lo evitaban, pero como en la música, tenía sus fans.

Gustaba de hablar con sus alumnos, aprovechando cada espacio, practicaba deportes como futbol, baloncesto y atletismo, tenía ocurrencias que hacían desternillar de la risa, hacía juicios que ponían a pensar o pensaba en voz alta lo que no debía pensar y eso de pronto no gustaba.

Su estilo fue, ¿O aún lo es?, único. Como una caja de pandora en cada oportunidad traía o entregaba una sorpresa, ya fuera con la historia, una frase filosófica o caótica, un libro, un tema en especial, una clase de edu-fisica, pues hasta para eso se prestaba con tal de “sacar leche”, al estilo militar, el mismo que no había podido olvidar.

Bueno a estas alturas y quienes allí estudiaron deben saber a quien me estoy refiriendo en estas cuartillas.

Claro, por supuesto, sin duda, es parte de la historia de nuestro querido “Loco”Araque, José Andelfo, el mismo que hasta para el saludo o el rezo cotidiano siempre se dirigía a sus alumnos como “Quiubo, chucha degenerada”, entre tantas otras desagradables frases o variaciones a la que da el titulo a esta croniquilla.

Por muchos meses o años tal vez, su forma de ser, sus frases, su mirada gacha y el arrume de libros o carpetas bajo el brazo, forjaron un estereotipo del cual nadie pensó hacía o podría hacer daño.

Lo importante giraba en torno a su conocimiento y sus ganas de compartirlo con los bisoños maestros – bachilleres, que allí en medio de aromas a pino y eucalipto, se preparaban para enfrentar el gran reto para erradicar ignorancia en los siguientes años.

Además su aporte alegre y de entusiasmo al límite en los partidos de fútbol, pues en esos años la Normal “fue potencia” en la ciudad con los “Caruso” “Kikuyo”, Herrera, Navarro, Ríos y tantos otros buenos jugadores, con el tiempo mejores maestros ,o,  aquellos encuentros recreativos en los amplios campos deportivos del colegio, hay que definirlo como enorme, sus gritos o mejor vociferaciones, daban un color especial a esos momentos.

Sin embargo esa demarcación invisible entre lo apropiado y lo inaceptable ya comenzaba a levantar un muro de inconformismo.

Eso sucedió a mediados del año 76, cuando quien escribe esto, cursaba el 5º o 10º grado de la actualidad.

La Normal luego del lamentable y famoso paro de alumnos en el año 73 había entrado en una especie de calma chicha, todo transcurría sin mayores contratiempos, la práctica docente que nos levantaba más temprano a buscar el flux de saco y corbata, como también los arrumes de material didáctico que tocaba elaborar hasta bien entrada la madrugada.

En esa lista también hay que incrustar las clases, las izadas de bandera, los juegos interclases y los venecos que subían a jugar beisbol los sábados o domingos en el improvisado diamante de la cancha de futbol.

Pero aún así, todo era normal, rutinario, repetido, común. El mismo frío del amanecer, la misma neblina visitante asidua de la noche, las mismas escapadas  a La Colmena o la misma llovizna descarada de cualquier instante.

Ya habíamos escuchado con algo de asombro el debut literario de Triunfo con ESE PUTO PAN o acudido a las funciones teatrales para verlo junto a Cárdenas en LA CAMPANA y su tragazón de manzanas.

Sin miedo habíamos explorado hasta el cansancio el bosquecito de pinos, eucaliptos y sauces, construido pozos para darnos un chapuzón en tardes de calor intenso en el hilillo joven de la quebrada Cariongo, una de las primeras afluentes del joven Pamplonita, tapando su cauce con piedras, palos y ramas para hacer pequeñas represas con sus cristalinas y gélidas aguas.

También en muchas ocasiones nos encontramos de frente con el parque y juegos de la Fundación Kennedy, la que dirigía el Señor Puerto, unas cuadras más arriba y hasta gozamos de un baño en la irregular pileta del lugar.

Allí, muy cerca, también encontramos alguna tarde los viejos tanques del acueducto normalista, ya en desuso, después de la conexión al oficial de la ciudad.

Sin embargo el ambiente enrarecido en algún grupo de alumnos se tornaba desacostumbrado en el ir a venir de las clases, que entre otras cosas se habían incrementado por el cuento aquel de lograr los dos títulos el de maestro y el de bachiller.

Alguna discusión en clase, otras palabras discordantes y actitudes frenteras de parte y parte fueron el combustible inicial para atizar una nueva hoguera de descontento y emancipación.

Y en ese esquema fluía como actor principal José Andelfo, “El loco Araque” y sus infaltables frases de batalla “Chucha degenerada”, “indio que no sirve pa’nada”, “Maestrico” y tantas otras por el estilo.

Entre nosotros, los líderes de lado y lado surgían en cabeza de “Cucutilla” y “El burrito”, dos buenos alumnos a decir verdad y que el paso del tiempo los llevó a ser figuras cimeras en distintos ámbitos de la vida.

Desde luego entre los profesores también había dos bandos, con la ventaja que el del rector Baudilio, estaba con los alumnos.


Agotados algunos esfuerzos de conciliación y endurecimiento de las partes, que simplemente buscaban un cambio adecuado de actitud y respeto por parte de profesores como Araque, nosotros los estudiantes de 5º (grado 10º), maestros en potencia y ya con mente abierta a nuevas opciones, más no con rebeldía, quisimos poner punto final al conflicto buscando ser escuchados.

Eso no ocurrió, todo se fue en vacilantes cuestionamientos de parte y parte, sin culpables e inocentes, como si nada importara en el querer de un grupo de estudiantes.

Por esa razón tomamos la decisión una mañana, primero de no entrar a clase con el profesor Araque, que un tanto sorprendido se mostró al ver la actitud de sus alumnos.

En silencio analizó la situación, habló con uno o dos compañeros que estaban de su lado y se devolvió por el camino “encementado” para refugiarse en la sala de profesores o dar parte a la Rectoría, así ya no le acompañara como su sombra protectora.

Para el grupo, fuera del aula y ya en Asamblea permanente fue un pequeño triunfo y aliciente para seguir en esa lucha, lograr cambios y ojalá en el menor tiempo posible.

Las horas y días siguientes fueron de total expectativa, sobre todo con los anuncios que pronto llegaría una comisión de supervisores del Ministerio de Educación Nacional, pues como la institución correspondía a ese orden, cambios o soluciones tendrían que llegar desde Bogotá.

Mientras eso ocurría, otros cursos y hasta profesores, se fueron uniendo a la silenciosa pero efectiva protesta, nacida de un trato dicharachero pero a la vez grotesco hacia los alumnos por parte de un folclórico profesor.

Y por fin llegaron los supervisores y así infinidad de reuniones, entrevistas, acopio de información, de parte y parte desde luego, para formalizar el retorno a clases y el calendario académico no tuviera más tropiezos en su transcurrir.

Las decisiones luego de entregados los informes llegarían con el correr de los días.

Por supuesto fueron drásticas, traslado de Araque y otra buena cantidad de profesores a localidades muy, pero muy distantes de la querida, fría y neblinosa Pamplona.

Sorpresa, tristeza, amargura, desolación, para unos, un halo de tranquilidad para otros, satisfacción para los demás, en fin, un alud de sentimientos encontrados se generó como colofón de la acción estudiantil.

Empacar y viajar a sus nuevos destinos educativos se convirtió en la mejor opción, la de renunciar, imposible, así asumieron sus nuevos retos y a otros lados de la geografía con su estilo, sabiduría e historias fueron a dar.

Entretanto a la Normal pamplonesa comenzaron a llegar los reemplazos y así avanzar con más intensidad los estudios, pues como éramos la primera promoción de Maestros – Bachilleres, el esfuerzo sin duda era doble, pero la ganancia también.

Al año siguiente, 1977, nos graduamos en sobria ceremonia en una hermosa capilla de un colegio femenino del centro de la ciudad.

Luego de la eucaristía comenzamos a recibir los cartones tipografiados en exclusivo pergamino, que aún hoy amarillento pero no anquilosado, se muestra orgulloso en infinidad de salas y oficinas de “esa buena cochada” normalista.

Fueron luz intensa en el proceso final de esa etapa estudiantil Luis Antonio Gáfaro y Carlos Villamizar como titulares, Enrique Yañez el perdurable prefecto de disciplina y Oscar Mogollón, adalid del programa Escuela Nueva, como Rector.

Los meses siguientes nos ubicaron a muchos en el magisterio, uno que otro escogería carrera diferente, algunos se perderían en la bruma del olvido, pero aún así, en este hoy que nos marca otra etapa, buscamos en los anaqueles de nuestras vidas, como este, otros tantos recuerdos para revivir con alegría esos años maravillosos de la Escuela Normal.

¿O no… “maestrico… chucha degenerada..” ?

P.D., A pesar de ese ingrato momento vivido, pero superado y sin rencores, recordamos y ofrecemos toneladas de gratitud a todos esos maestros, que de cualquier manera algo aportaron a nuestra formación, de la que hoy nos sentimos totalmente orgullosos y  realizados.

A ellos, que seguramente culminaron excelentes historias compartiendo conocimiento en otros sitios de Colombia, nuestro más efusivo saludo de admiración y respeto, esperando gocen de buena salud y disfruten del apropiado descanso luego de toda una vida sirviendo a la educación del país.

Con todo cariño,
CIRO ALFONSO CANO MORA
Cúcuta, febrero de 2012

sábado, 10 de septiembre de 2011

NORMALISTAS “A LAS CUMBRES” (I)

CRONICA DE UNA VISITA A LOS PREDIOS DE LA VIEJA Y AMADA ESCUELA NORMAL SUPERIOR PARA VARONES EN PAMPLONA (*)

Un día, no hace mucho, logré tener un par de horas en los agitados instantes que el periodismo prodiga, para ir en busca de la “amada Escuela Normal Superior de Pamplona”.

Quise hacer el recorrido a pié, como antaño, desde la plazuela Almeyda, claro necesitaba además algunas fotos  de los lugares y hacer tomas en vídeo, pero la sensación de retorno fue sinigual y pronto me reencontré con viejos recuerdos.

El coliseo, hoy un tanto desvencijado, el batallón, sus puertas tipo muralla, los bosques poblados de musgos, las casas de “Corchito”, los Zapata, los Ferrer, el muro ahora más alto de la cárcel, el lugar donde funcionó el taller de herrería que inspiró a Triunfo, o sea, el de Rosalino su papá y por supuesto la infaltable Colmena o La Colmena.

Ah, tiempos aquellos cuando jugábamos cual tahúres largas partidas de billar o pool, en ese cuarto semioscuro al lado de la tienda, apretujados entre las anchas mesas de vestido verde, tacos sobre usados y cubos de tiza azul delatora, todo allí donde don Pablo, quien siempre contó con clientes predilectos, los estudiantes de la Normal.

Algunas veces en tiempo libre, otras escabullidos, lejos de la férrea disciplina de Yáñez o la mirada inquisidora de otros profes y padres de familia, jugamos partidas inimaginables, pasamos chorizos enteros de buenas y de malas o de carambolas eternas y los fuimos enhebrando con los recuerdos que ahora se agolpan en la bruma de la nostalgia.

La tienda y billares La Colmena nos ofrecía además una amplia gama gastronómica que incluía galletas, pan, génovas, gaseosa, masato y kumis. Preferíamos, bueno en mi caso, los apretados de cuca y queso.

Algunas veces, los más grandes granjeaban su alegría o apetito con una o dos cervecitas, de las mismas que fundíamos de vez en cuando en esas jarrotas plásticas con kola Hipinto y un buen guarapito, metros arriba, si un poco más arriba, allá en Puente Ospina.

El tiempo, como si fuera una cinta inagotable, nos lo cronometraban don Pablo y sus hijas en esos tableritos negros adosados a la pared y escritos con tiza blanca.

Una. dos, tres partidas, luego todos felices y a buscar entre los bolsillos las esquivas monedas o los huidizos billetes, se hacía la vaca, se pagaba todo y creo que casi nunca se jugaba o se comía al fiao.

La Colmena sigue ahí, intacta como en la memoria, aunque con otras caras, diferente color en sus paredes y un aviso más moderno, pero modesto, igual que aquel de entonces, labrado sobre el latón con la publicidad de Coca Cola.

Sin embargo el tiempo apremiaba, otro día me regodearé con los apretados que seguro aún siguen vendiendo, no se si los nietas o bisnietos de Don Pablo, jugaré un chico y hasta de pronto deleitaré la nostalgia con una amarga, pero de botella, sabe mejor que la enlatada.

Seguí la marcha, más arriba estaba la casa de Gáfaro, la del Coronel, la del ingeniero Lizarazo del MOP, si el papà de la flaca, la que se levantó Roberto Antonio, el de Cucutilla.

También ahí no más surgieron las primeras paredes de la Normal y sus casas fiscales, donde vivieron Mogollón, Suárez, Martín el conductor, Pedro Botía y en la portería don Antonio, el enfermero, hoy hogar del fondo de profesores. Allí comprábamos gaseosa bien helada y vikingos, los abuelitos del Bon Ice.

La gran verja de metal aún resiste el paso del tiempo y los golpes del destino, como la pequeña avalancha del viernes santo del 2011, que se entró a las casas mencionadas y asustó a buena parte de los pamploneses.

Es mediodía, oleadas de estudiantes uniformados caminan rumbo a casa, van alegres, en grupos, hablan, rien, posan para las cámaras, pasan el pequeño puente, gritan algo, cuchichean otro tanto.

Retumban los motores de los autobuses, ya no está la dictadura de Martín, ni el buena papa de “Chancleto”, pero Oh My God, ahí viene el más viejito, aquel de los años 40, el que un día sacamos de un olvidado garaje para repararlo, pintarlo y ponerlo de nuevo de andar, aún a pesar de los malos recuerdos, es el mismo que un trágico accidente marcó luto para la comunidad normalista en otros años.

Pero había que ponerlo a andar, para el efecto se organizó un gran bazar, con lo cual  se logró el capital necesario y aún camina, que hermoso, que recuerdo maravilloso, con su color verde escolar pasa orgulloso no sin antes su actual piloto hacerlo frenar brevemente, como para que las fotos y el video salgan mejor.

Nos detenemos en el sitio algunos momentos, hacemos tomas de los riachuelos, hoy están sosegados, esperemos que con el invierno que anuncian no desaten otra vez su furia, por eso oramos ante la Virgen del Prodigio, la santa cuidandera de la Normal y sus muchachos.

Y es que la virgencita junto a su muralla de rocas también es leyenda, según cuentan los que vivieron la avalancha de 1963, fue el único lugar respetado por los millones de toneladas de agua, piedra, lodo, palos y demás elementos  que la corriente de la quebrada Cariongo  arrastró y devorando la Normal y todo a su paso, pero ella se salvó y eso fue un prodigio, de ahí su nombre y la veneración.

Siguen pasando estudiantes, profesores, otras personas, pero no hay caras conocidas.

Apuro los pasos, cuadro la cámara, tomo más fotografías, grabo más video, me regodeo con el verde de los bosquecitos, los jardines, el amplio tapete del campo del futbol, lástima ya no tiene los enormes pinos del costado, fueron segados o murieron de pié altivos y orgullosos guardando en su follaje algún secreto o vivencia indiscreta.

Más arriba el breve sendero para entrar al primer gran pabellón de salones, hoy es un pequeño túnel de olorosos pinos, al lado el viejo estanque de las truchas, ahora relleno de piedra y tierra, convertido en vil parqueadero, Santander fue corrido a la carretera, donde estaban los monumentales eucaliptos, por donde daba vuelta el HI cuando descargaba estudiantes.

Esos también fueron cortados y reemplazados por el busto del prócer y unas jardineras con clásico diseño de albañil improvisado.

Al frente el gran patio de formación, de las izadas, ahora luce oscuro, tiene una gran cubierta, pero a decir verdad le quitó el encanto, aunque sea necesario para proteger a los alumnos de la lluvia constante o el sol acosador de algún verano. Pero en verdad perdió el embrujo y le hace una zancadilla a los recuerdos.

Unas enormes letras le cuentan al desprevenido visitante en donde están o le indican a sus habitantes actuales que esa es la casa del conocimiento de donde han salido algunos de los mejores maestros de Colombia.

A un costado, cerca a la entrada del famoso hall, donde un día estuvo la sala de profesores y la tienda escolar instalaron una tonta malla metálica, probablemente para proteger las otras tontas placas que obsequiamos en diferentes aniversarios.

Pero vale el detalle, es la evocación de sus orgullosos hijos, de los muchos que no olvidamos el viejo colegio.

Luego subo las graditas hasta la rectoría, todo sigue igual hasta el olor y las sombras, se ve que en el patio de la zona administrativa también hay manos amigas, los jardines, los mosaicos de las promociones en las paredes, como que si tienen doliente.

Pero no hay nadie, solo el fantasma de lindos momentos, caras que pasan por el visor de la memoria, Doña Elda Leonor, la señorita bibliotecaria, Carlos el pagador, rectores como Ruben Darío, Castañeda “El coyote”, Baudilio, Oscar Mogollón, el padre Carrillo.

Hago un breve recorrido, el cambio se ve en algunas barandillas puestas en los corredores, de resto todo sigue igual o al menos parecido a esos años 70’s cuando tímidos llegamos en busca del saber.

Eran tiempos aún de cabellos largos, pantalones de terlenka, zapatos de plataforma, camisas de largos cuellos y mucho color, pero también de sobrios trajes Valher para la práctica docente.

Ahora al observar esas pequeñas moles de madera y fotos de muchas promociones de maestros, vuelve al redil la imagen y la enseñanza de tantos y buenos profes, como el primer titular, Don Elio Buitrago y sus estupendas clases de español y el infaltable cuento “El desague”, los primeros intentos con el inglés de doña Hilda, la historia con esas maravillosas historias contadas por Roncancio, las temibles horas de aritmética y geometría con Yáñez o las de solaz esparcimiento con Juan Luis Granados en educación física.

El recuerdo hace viaje a través de las clases de agrícolas con Barajas, las de ebanistería con Duarte, biología con “Corchito” Portilla y sus característicos esquemitas, los foros de comienzo de semana con Gabriel Suárez para analizar las lecturas del Tiempo y el Espectador o las atropelladas horas pero a la vez entretenidas con “El loco” Araque.

El paso de los años, apenas lógico, nos entregó por aquel entonces otra larga lista de educadores que hoy llegan a nuestra memoria con mucho cariño, Doña Clara, la morena especialista en sociales, Rufino y sus fundamentos, Pinto y su psicología, Gáfaro con su filosofía, Mogollón con su geografía o Carlitos con su física y matemáticas.

Sin duda a todos los recuerdo, pero sería largo enumerarlos y no quiero cansarlos con su lectura, pues hay muchas y distintas vivencias para contar del internado, el paro de alumnos, la práctica en la Anexa, el García Rovira, La Enita, La Unitaria, los entierros con banda, las elegantes izadas de bandera, en fin, lo cual espero poder compartir con todos mis amigos, compañeros y normalistas a través de este medio o del papel más amigo de lo anaqueles.

Sigo mi breve travesía por los predios del viejo colegio, voy de nuevo al patio de formación, veo al frente, donde quedaba un bosquecito de pinos una nueva construcción con nombre de cafetería “A las cumbres”, bueno Morato estaría orgulloso de haber atendido allí.

Un poco más allá, presuntuoso e imponente el viejo teatro multifuncional, pues también sirvió de comedor, se nota algo de buen mantenimiento, por fortuna.

Los otros jardines, las jaulas de los pájaros y micos ¿Se acuerdan de Pipo?, es obvio ya no están.

Veo las canchas que con nuestro esfuerzo ayudamos a construír, la una frente al teatro y otra un poco más allá, la de micro. Permanecen casi igual, pero están desnudas, los enormes pinos que bordeaban las veredas sucumbieron a la motosierra. Que vainas.

De pronto a los lejos en la soledad del mediodía aparece la figura de una señora, nos mira un tanto extraño, luego se acerca y con una sonrisa dibujada en su rostro y mirada brillante, dice “si, yo sabía que usted era normalista, lo sabía, lo sabía”

Eso me halaga, por fin un rostro conocido, echo reversa al cassette, hablamos de cosas triviales y busco la manera de recordar su nombre. Imposible, por lo tanto toca preguntarle y me dice que es Blanca, ahh, claro y comenzamos una nostálgica conversación.

Me dice que ahora es la esposa de Martín, que tiene dos hijos, que ya está a punto de jubilarse, que son casi 40 años sirviendo a la comunidad educativa de la Normal.

De los trabajadores señala que aún viven Alirio, Germán, que algunos como Don Anibal y la Tía Victoria hace rato se marcharon de este mundo, como también doña Carmen, Alfonso el conductor y muchos otros que también fueron eslabones importantes en el funcionamiento de la institución.

De los profes me cuenta que el último de aquella cochada, era Emilio, el de artes, pero también hace poco se fue, todos gracias a Dios, los que aún viven, están pensionados.

Y como no, si ya nosotros, lo digo por mi promoción la del 77, también vamos por ese camino, ya sea como docentes o en otras hermosas profesiones.

Bueno ahora el tiempo apremia, apresuramos las fotografías y más tomas en vídeo, hay una cita a las dos de la tarde y debo cumplirla y por eso me prometo hacer lo posible por volver, faltó mucho por ver, para narrar y compartir.

Lo único cierto es que al respirar de nuevo ese aire, lleno de suaves aromas a bosque de eucalipto y pino, en medio del silencio interrumpido por algún trino de pajarillo o repique de celular, esos tiempos inolvidables vuelven, los momentos fluyen y dibujan imágenes de colores, es la nostalgia que se acomoda en el mullido sillón del presente.

El tibio sol se va alejando suavemente, una pertinaz llovizna, de esa que baja fría y altanera desde el cerro de las antenas, nos hace apresurar el paso, traspasamos el enorme portón metálico y suspiramos una vez más al dejar atrás los predios de la vieja pero muy amada Escuela Normal.


(*) Desde hace varios años la Normal Superior es mixta.

CIRO ALFONSO CANO MORA
Septiembre de 2011