En este relato hago reminiscencia sobre un hecho ocurrido en 1976, donde nosotros alumnos del grado 5º de entonces, fuimos protagonistas para hacer cambiar buena parte del cuerpo de profesores de la importante institución.
De pronto hay nombres o hechos sobre los cuales no escribo, pero sin duda a veces la memoria tiene sus vericuentos insondables, espero así lo entiendan.
Sin embargo es un acercamiento bastante ilustrativo de lo acontecido durante esos días que dieron un fuerte viraje al entramado de la escuela Normal Pamplonesa.
La Década de los años 70’s, sin duda marcó una nueva ruta a deseos, obsesiones, sueños, ambiciones, perspectivas, estudios, amarguras, desencantos, travesuras y hasta suspiros.
Algunas trazas del hipismo de los 60´s se veían con regularidad en ciudades y pueblos, de pronto porque esa moda había llegado un poco tarde o tal vez por la irreconciliable necesidad de desprenderse de la misma.
Por supuesto Pamplona no era la excepción y con tantas vertientes culturales asentadas en su pequeño valle, sin duda se conformaba una sicodélica portada de contrastantes matices.
A nivel de esparcimiento, este se mostraba extremadamente bajo, salvo las pequeñas caminatas y corrillos al comienzo de la noche en el parque o la plazuela, una película en el Jáuregui o el Cecilia cuando aún funcionaban o en el cine del padre Peinado, por casualidad.
Desde luego la universidad contaba con buen reconocimiento, así como los colegios públicos y privados, que entre otros asiduos residentes en sus internados, pues aún existían, se contaba con millares de venezolanos y venezolanas, algunas muy lindas en verdad y que estudiaban en Terciarias o Betlemitas…
Bueno pero ese es un tema para otras crónicas por lo suculento y maravilloso.
Por el momento seguimos centrados en el colegio de nuestros amores, donde aspiramos las últimas bocanadas de la adolescencia y recibimos con esmero los brotes de la juventud.
Claro, si lo escribo en este blog de A LAS CUMBRES, no puede ser otro u otra mejor, que la Normal Nacional Para Varones de Pamplona, así como se le llamaba en aquellos tiempos.
Al llegar a sus aulas en busca de deliciosos bocados de saber, por esos años reitero de los comienzos setenteros, nos encontramos con una pléyade de consagrados maestros, algunos de ellos, íconos, para la mía y generaciones posteriores.
Caben en esa lista Enrique Yañez, el eterno Prefecto de disciplina, Carlitos el duro de la física y las matemáticas, “Corchito” Portilla, el bonachón de bilogía y química, Roncancio, el grandulón y genial narrador de la geografía e historia en todas sus épocas, Elio Buitrago y Gabriel Suárez, los rigurosos del español y la literatura, Horacio Ortega, el de música con su bicicleta azul, Juan Luis Granados en educación física, Albita la de artes y tantos otros que en ese recorrido, por igual hicieron, su apropiado aporte en nuestra formación.
Y entre todos ellos, uno de temperamento díscolo, de caminar ligero casi arrastrando los pies, inclinado, como si estuviera observando cada ladrillo o madero del piso, con una eterna chaqueta de lana de ribetes negros y blancos, pero bacán al fin y al cabo, unos lo querían, otros no tanto, los demás lo evitaban, pero como en la música, tenía sus fans.
Gustaba de hablar con sus alumnos, aprovechando cada espacio, practicaba deportes como futbol, baloncesto y atletismo, tenía ocurrencias que hacían desternillar de la risa, hacía juicios que ponían a pensar o pensaba en voz alta lo que no debía pensar y eso de pronto no gustaba.
Su estilo fue, ¿O aún lo es?, único. Como una caja de pandora en cada oportunidad traía o entregaba una sorpresa, ya fuera con la historia, una frase filosófica o caótica, un libro, un tema en especial, una clase de edu-fisica, pues hasta para eso se prestaba con tal de “sacar leche”, al estilo militar, el mismo que no había podido olvidar.
Bueno a estas alturas y quienes allí estudiaron deben saber a quien me estoy refiriendo en estas cuartillas.
Claro, por supuesto, sin duda, es parte de la historia de nuestro querido “Loco”Araque, José Andelfo, el mismo que hasta para el saludo o el rezo cotidiano siempre se dirigía a sus alumnos como “Quiubo, chucha degenerada”, entre tantas otras desagradables frases o variaciones a la que da el titulo a esta croniquilla.
Por muchos meses o años tal vez, su forma de ser, sus frases, su mirada gacha y el arrume de libros o carpetas bajo el brazo, forjaron un estereotipo del cual nadie pensó hacía o podría hacer daño.
Lo importante giraba en torno a su conocimiento y sus ganas de compartirlo con los bisoños maestros – bachilleres, que allí en medio de aromas a pino y eucalipto, se preparaban para enfrentar el gran reto para erradicar ignorancia en los siguientes años.
Además su aporte alegre y de entusiasmo al límite en los partidos de fútbol, pues en esos años la Normal “fue potencia” en la ciudad con los “Caruso” “Kikuyo”, Herrera, Navarro, Ríos y tantos otros buenos jugadores, con el tiempo mejores maestros ,o, aquellos encuentros recreativos en los amplios campos deportivos del colegio, hay que definirlo como enorme, sus gritos o mejor vociferaciones, daban un color especial a esos momentos.
Sin embargo esa demarcación invisible entre lo apropiado y lo inaceptable ya comenzaba a levantar un muro de inconformismo.
Eso sucedió a mediados del año 76, cuando quien escribe esto, cursaba el 5º o 10º grado de la actualidad.
La Normal luego del lamentable y famoso paro de alumnos en el año 73 había entrado en una especie de calma chicha, todo transcurría sin mayores contratiempos, la práctica docente que nos levantaba más temprano a buscar el flux de saco y corbata, como también los arrumes de material didáctico que tocaba elaborar hasta bien entrada la madrugada.
En esa lista también hay que incrustar las clases, las izadas de bandera, los juegos interclases y los venecos que subían a jugar beisbol los sábados o domingos en el improvisado diamante de la cancha de futbol.
Pero aún así, todo era normal, rutinario, repetido, común. El mismo frío del amanecer, la misma neblina visitante asidua de la noche, las mismas escapadas a La Colmena o la misma llovizna descarada de cualquier instante.
Ya habíamos escuchado con algo de asombro el debut literario de Triunfo con ESE PUTO PAN o acudido a las funciones teatrales para verlo junto a Cárdenas en LA CAMPANA y su tragazón de manzanas.
Sin miedo habíamos explorado hasta el cansancio el bosquecito de pinos, eucaliptos y sauces, construido pozos para darnos un chapuzón en tardes de calor intenso en el hilillo joven de la quebrada Cariongo, una de las primeras afluentes del joven Pamplonita, tapando su cauce con piedras, palos y ramas para hacer pequeñas represas con sus cristalinas y gélidas aguas.
También en muchas ocasiones nos encontramos de frente con el parque y juegos de la Fundación Kennedy, la que dirigía el Señor Puerto, unas cuadras más arriba y hasta gozamos de un baño en la irregular pileta del lugar.
Allí, muy cerca, también encontramos alguna tarde los viejos tanques del acueducto normalista, ya en desuso, después de la conexión al oficial de la ciudad.
Sin embargo el ambiente enrarecido en algún grupo de alumnos se tornaba desacostumbrado en el ir a venir de las clases, que entre otras cosas se habían incrementado por el cuento aquel de lograr los dos títulos el de maestro y el de bachiller.
Alguna discusión en clase, otras palabras discordantes y actitudes frenteras de parte y parte fueron el combustible inicial para atizar una nueva hoguera de descontento y emancipación.
Y en ese esquema fluía como actor principal José Andelfo, “El loco Araque” y sus infaltables frases de batalla “Chucha degenerada”, “indio que no sirve pa’nada”, “Maestrico” y tantas otras por el estilo.
Entre nosotros, los líderes de lado y lado surgían en cabeza de “Cucutilla” y “El burrito”, dos buenos alumnos a decir verdad y que el paso del tiempo los llevó a ser figuras cimeras en distintos ámbitos de la vida.
Desde luego entre los profesores también había dos bandos, con la ventaja que el del rector Baudilio, estaba con los alumnos.
Agotados algunos esfuerzos de conciliación y endurecimiento de las partes, que simplemente buscaban un cambio adecuado de actitud y respeto por parte de profesores como Araque, nosotros los estudiantes de 5º (grado 10º), maestros en potencia y ya con mente abierta a nuevas opciones, más no con rebeldía, quisimos poner punto final al conflicto buscando ser escuchados.
Eso no ocurrió, todo se fue en vacilantes cuestionamientos de parte y parte, sin culpables e inocentes, como si nada importara en el querer de un grupo de estudiantes.
Por esa razón tomamos la decisión una mañana, primero de no entrar a clase con el profesor Araque, que un tanto sorprendido se mostró al ver la actitud de sus alumnos.
En silencio analizó la situación, habló con uno o dos compañeros que estaban de su lado y se devolvió por el camino “encementado” para refugiarse en la sala de profesores o dar parte a la Rectoría, así ya no le acompañara como su sombra protectora.
Para el grupo, fuera del aula y ya en Asamblea permanente fue un pequeño triunfo y aliciente para seguir en esa lucha, lograr cambios y ojalá en el menor tiempo posible.
Las horas y días siguientes fueron de total expectativa, sobre todo con los anuncios que pronto llegaría una comisión de supervisores del Ministerio de Educación Nacional, pues como la institución correspondía a ese orden, cambios o soluciones tendrían que llegar desde Bogotá.
Mientras eso ocurría, otros cursos y hasta profesores, se fueron uniendo a la silenciosa pero efectiva protesta, nacida de un trato dicharachero pero a la vez grotesco hacia los alumnos por parte de un folclórico profesor.
Y por fin llegaron los supervisores y así infinidad de reuniones, entrevistas, acopio de información, de parte y parte desde luego, para formalizar el retorno a clases y el calendario académico no tuviera más tropiezos en su transcurrir.
Las decisiones luego de entregados los informes llegarían con el correr de los días.
Por supuesto fueron drásticas, traslado de Araque y otra buena cantidad de profesores a localidades muy, pero muy distantes de la querida, fría y neblinosa Pamplona.
Sorpresa, tristeza, amargura, desolación, para unos, un halo de tranquilidad para otros, satisfacción para los demás, en fin, un alud de sentimientos encontrados se generó como colofón de la acción estudiantil.
Empacar y viajar a sus nuevos destinos educativos se convirtió en la mejor opción, la de renunciar, imposible, así asumieron sus nuevos retos y a otros lados de la geografía con su estilo, sabiduría e historias fueron a dar.
Entretanto a la Normal pamplonesa comenzaron a llegar los reemplazos y así avanzar con más intensidad los estudios, pues como éramos la primera promoción de Maestros – Bachilleres, el esfuerzo sin duda era doble, pero la ganancia también.
Al año siguiente, 1977, nos graduamos en sobria ceremonia en una hermosa capilla de un colegio femenino del centro de la ciudad.
Luego de la eucaristía comenzamos a recibir los cartones tipografiados en exclusivo pergamino, que aún hoy amarillento pero no anquilosado, se muestra orgulloso en infinidad de salas y oficinas de “esa buena cochada” normalista.
Fueron luz intensa en el proceso final de esa etapa estudiantil Luis Antonio Gáfaro y Carlos Villamizar como titulares, Enrique Yañez el perdurable prefecto de disciplina y Oscar Mogollón, adalid del programa Escuela Nueva, como Rector.
Los meses siguientes nos ubicaron a muchos en el magisterio, uno que otro escogería carrera diferente, algunos se perderían en la bruma del olvido, pero aún así, en este hoy que nos marca otra etapa, buscamos en los anaqueles de nuestras vidas, como este, otros tantos recuerdos para revivir con alegría esos años maravillosos de la Escuela Normal.
¿O no… “maestrico… chucha degenerada..” ?
P.D., A pesar de ese ingrato momento vivido, pero superado y sin rencores, recordamos y ofrecemos toneladas de gratitud a todos esos maestros, que de cualquier manera algo aportaron a nuestra formación, de la que hoy nos sentimos totalmente orgullosos y realizados.
A ellos, que seguramente culminaron excelentes historias compartiendo conocimiento en otros sitios de Colombia, nuestro más efusivo saludo de admiración y respeto, esperando gocen de buena salud y disfruten del apropiado descanso luego de toda una vida sirviendo a la educación del país.
Con todo cariño,
CIRO ALFONSO CANO MORA
Cúcuta, febrero de 2012
